Hay obras que nacen en un museo y hay obras que nacen en una esquina. La de Virgilio de Mier nace en el cruce de Moliere y Ejército Nacional, en la Ciudad de México, frente a un puesto de revistas, en los segundos exactos en que un semáforo permanece en rojo. Tenía diez años y acompañaba a su madre al supermercado. Ella miraba hacia otro lado; él devoraba las portadas de unas historietas de bolsillo donde mujeres exuberantes eran acechadas por vampiros, gusanos gigantes y policías con el arma en alto. De aquellos segundos robados, de aquella educación sentimental clandestina, procede una de las series más singulares que un coleccionista puede encontrar hoy en el mercado del arte contemporáneo mexicano.
Sensacionales es el resultado de décadas de trabajo intermitente. Conviene detenerse en esa cifra, porque dice algo que ninguna estrategia de marketing puede fabricar: se trata de una obsesión sostenida, no de una ocurrencia. De Mier no ha ilustrado una moda; ha excavado, década tras década, un yacimiento propio. Para quien evalúa una obra con criterio de largo plazo, el galerista, el crítico, el coleccionista que compra para quedarse, esa constancia es la primera señal de que aquí hay un cuerpo de trabajo, y no una anécdota visual.
Un patrimonio despreciado
El material de origen es tan mexicano como el papel picado y tan menospreciado como pocas cosas lo han sido. Las llamadas historietas sensacionales, junto al Libro Vaquero y la Novela Policiaca, fueron durante los años setenta y ochenta un fenómeno editorial de masas: tirajes semanales de cientos de miles de ejemplares, papel barato, argumentos de crimen, misterio y horror, y en casi todas las portadas un cuerpo femenino en peligro. Se les llamó basura. Se les satanizó. Amplios sectores las expulsaron del territorio de lo respetable. Y, sin embargo, formaron la vocación lectora y el imaginario erótico de varias generaciones que las compraban en cada esquina.
De Mier hace con ese material lo que el arte lleva un siglo haciendo con lo popular: lo rescata sin condescendencia. No se ríe del pulp; lo toma en serio como forma. Aquí es donde su obra se inscribe en una genealogía legible para el mercado, la del lowbrow y el pop surrealism, la del apropiacionismo que convierte el desecho vernáculo en materia culta, pero con una diferencia que la vuelve difícilmente sustituible: su fuente no es la cultura pop global, sino una tradición gráfica específicamente mexicana, con su iconografía, su humor arrabalero y su catolicismo. Esa especificidad cultural no es un dato pintoresco: es un activo. En un mercado saturado de referencias intercambiables, De Mier ofrece un territorio que le pertenece.
La portada hecha carne
Lo que técnicamente distingue a Sensacionales es que De Mier no dibuja la portada: la construye. Cada pieza es una escena montada y fotografiada, un tableau de dirección minuciosa donde conviven modelos, prótesis, escenografía, iluminación de estudio y composición digital. El resultado tiene la saturación imposible del pulp impreso y, a la vez, la densidad material de la fotografía. La enfermera y su jeringa fosforescente, la mujer arrebatada por un plato volador sobre el "Circo Kudam", la bañera de agua roja entre cirios, el difunto que resucita entre espectros de neón: cada imagen es una premisa narrativa completa, exactamente como lo eran aquellas portadas que el niño convertía en cuentos de regreso a casa.
El detalle es aquí un valor estructural, no decorativo. La bandera, la Guadalupe, la botella de tequila, el taquero al fondo, el mural del circo, las etiquetas de los frascos: De Mier llena el cuadro de un México reconocible. Y no rehúye los registros más incómodos del género, lo inquisitorial, lo sacrificial, lo sacrílego, la tensión entre el altar y el deseo, porque en esa incomodidad reside precisamente el nervio del pulp y su capacidad de seguir provocando. La obra no busca agradar: busca inquietar con oficio.
"Cada espectador se cuenta su propio cuento"
El propio artista ofrece la clave interpretativa más honesta de su trabajo cuando lo describe como "una obra viva en donde cada espectador puede contarse su propio cuento". No hay moraleja ni discurso cerrado. Hay una escena detenida un segundo antes o un segundo después del clímax, y un espectador invitado a completarla. Es la mecánica de la portada de historieta elevada a dispositivo estético: la imagen no cuenta la historia, la dispara.
Detrás de ese juego hay una idea que merece atención crítica: la de que la ficción es una necesidad adulta. "Siento que como adultos necesitamos tener una dosis de ficción para toda la realidad que vivimos", afirma De Mier. En un tiempo que exige del arte gravedad y denuncia permanentes, Sensacionales reivindica el derecho al exceso, al erotismo, al horror de cartón y a la carcajada. Reivindica, en suma, el placer, y lo hace desde una tradición que nunca tuvo vergüenza de darlo.
Una lectura para el coleccionista
¿Qué se adquiere al adquirir un Sensacional? Se adquiere una pieza de una serie coherente, madurada durante décadas, con una gramática visual reconocible al instante y una fuente cultural que no se puede falsificar. Se adquiere la operación, siempre fértil en la historia del arte, de rescatar lo que la alta cultura despreció: la misma jugada que dignificó el cartel, el cómic o la fotonovela. Y se adquiere una obra que dialoga con corrientes internacionales plenamente cotizadas sin renunciar a un acento propio.
Virgilio de Mier ha construido algo raro: un lenguaje personal, sostenido y culturalmente enraizado, sobre un material que casi nadie se atrevió a tomarse en serio. El coleccionista atento sabe que ese es, casi siempre, el terreno donde se juega lo interesante.
El semáforo, en la memoria del artista, sigue en rojo. Faltan unos segundos para el verde. En esa espera, entre lo prohibido y lo cotidiano, entre el deseo y la cena de vuelta a casa, cabe toda una obra.





